Middlemarch.
Por La Pelipequirroja.
He de comenzar haciendo una confesión: las ganas de leer este libro fueron durante muchos años ahogadas por la pereza. Más de 900 páginas, no os digo más. Disfruté la serie de la BBC a pesar de que en 1994 mi inglés era bastante precario -no es que ahora sea nivel Oxford- pero con Rufus Sewell encabezando reparto, sex symbol de la época, las penas con pan fueron menos penas.
Así que hace a penas un lustro que comencé a leerlo. Si, comencé porque aquí va la segunda confesión: lo dejé a medias. No es que no me estuviera gustando, pero tenía que elegir entre leer uno solo que ni siquiera iría para reseña, o los tres que esperaban en el escritorio.
Pero nunca es tarde si el libro es bueno ¿Y lo ha sido? Venga, os lo cuento.
La novela de George Elliot (Mary Anne Evans) publicada en 1871, es una crónica de la vida en provincias, más que un retrato de la sociedad es una secuencia de fotogramas de sus gentes y su activa vida social (en contra de lo que siempre se ha pensado de los provincianos) una narración muy cinematográfica, alejada de las comedias de situación inglesas a las que estamos acostumbrados.
Afrontar una novela larga, larguísima, no es fácil. Se corre el riesgo de caer en el aburrimiento y perder el interés si esperamos que la acción sea continua, hay que tener cuidado con las expectativas y enfrentarnos a la lectura sin prisa ni pausa; me he tomado esta lectura como una invitación a conocer Middlemarch y sus gentes, como una vecina más de la pequeña ciudad, pero con la ventaja de poder ver y oír todo, y no ser ni vista ni oída. Toda una vieja del visillo con palco preferente. Y al igual que la vida en cualquier lugar, las cosas suceden a diferentes ritmos, solo hay que disfrutar de los lentos tanto como de los trepidantes, todo de manera muy natural, como la vida misma. Pero es una novela, y asistiremos a todo un despliegue de recursos literarios que captarán nuestra atención y enriquecerán la narración.
Middlemarch, una pequeña localidad sin demasiados alicientes culturales y los típicos sociales, verá como las vidas de sus habitantes se entrecruzarán y el Destino jugará divertido con ellos, para satisfacción del lector.
Un variado elenco de personajes harán nuestras delicias, despertarán nuestra simpatía unos y nos harán enseñar los dientes otros, pero todos llenos de matices, personajes en los que veremos reflejados diferentes actitudes y aptitudes, muestras de diferentes estilos de vida, pensamiento, educación, moral. Tenemos a Dorothea Brooke, una joven altruista con elevados ideales pero con límites terrenales, los que le imponen una sociedad y una educación patriarcal; es una muchacha sensible y soñadora, y vale la pena conocerla y ver su evolución. Os digo esto a colación de esa entrada en la que os hablaba de que hay que tomarse su tiempo con las novelas largas, no impacientarse, ir conociendo a los personajes como si fueran tus convecinos, poco a poco, para conocerlos de verdad, como ir juntando las piezas de un puzzle, con paciencia y visión de gran angular. Dos pretendientes competirán por ella, atención que no digo por su amor, pues no se trata de una novela romántica aunque el amor flote en el aire, muchas otras cosas entran en juego: poder, amistad o enemistad entre familias, tradición, aspiraciones sociales, iglesia, falsa moral, apariencias. Sir James Chettam y Edward Casaubon se cruzan en su camino y despliegan todas sus artes para conseguir los favores de la joven Dorothea; claro que también tenemos al primo de Edward, la oveja negra de la familia, Will Ladislaw, un personaje al que también hemos de conocer poco a poco para ver más allá de la prepotencia y la ambición inicial, y saldrá a relucir su verdadero Yo, y se convertirá en uno de mis personajes favoritos.
Chettam, Casaubon, el revolucionario doctor Tertius Lydgate -cuyas ideas modernas y nuevas técnicas chocarán con los más retrógrados de Middlemarch- la frívola y engreída Rosamond Vincy, su hermano Fred, cuya mayor preocupación es conseguir una herencia para poder casarse con la mujer que ama, mal vista por su familia debido a que pertenece a una clase social inferior; todos ellos forman un nutrido grupo de secundarios de lujo, aunque es difícil saber si en verdad lo son, o son auténticos protagonistas por derecho propio junto a Dorothea y Will, pues todos ellos son imprescindibles para dar forma a esta novela, sin duda coral, y vida a la pequeña ciudad de Middlemarch. Nos quedan unos cuantos personajes todavía en el tintero, tan importantes como el resto, a pesar de su breve o en apariencia insignificante presencia en la historia, pues entre todos tienen el mérito de crear una historia redonda, perfecta, pero poco más puedo añadir sin arriesgarme a colocar todas las piezas del puzzle demasiado pronto, haciendo que se pierda toda la emoción.
Os decía antes que no se trata de una novela romántica, no principalmente, pero si tiene mucha importancia el papel del amor y el matrimonio en la sociedad de entonces, sin que uno sea el primer paso hacia el siguiente, ni que ambos vayan ligados; Elliot no duda en criticar abierta y duramente el factor económico en la mayor parte de las relaciones amorosas, teniendo prácticamente que representar un papel de matrimonio feliz ante la sociedad que no duda en juzgar y sentenciar. La falsa moral y la hipocresía, junto al poder de la Iglesia, las diferencias sociales y el repudio a los avances y los cambios, conforman parte importante en la novela, y junto a los personajes y sus vicisitudes crean una perfecta historia de uso, modales y costumbres de la sociedad provinciana de mediados del siglo XIX.
Así que hace a penas un lustro que comencé a leerlo. Si, comencé porque aquí va la segunda confesión: lo dejé a medias. No es que no me estuviera gustando, pero tenía que elegir entre leer uno solo que ni siquiera iría para reseña, o los tres que esperaban en el escritorio.
Pero nunca es tarde si el libro es bueno ¿Y lo ha sido? Venga, os lo cuento.
La novela de George Elliot (Mary Anne Evans) publicada en 1871, es una crónica de la vida en provincias, más que un retrato de la sociedad es una secuencia de fotogramas de sus gentes y su activa vida social (en contra de lo que siempre se ha pensado de los provincianos) una narración muy cinematográfica, alejada de las comedias de situación inglesas a las que estamos acostumbrados.
Afrontar una novela larga, larguísima, no es fácil. Se corre el riesgo de caer en el aburrimiento y perder el interés si esperamos que la acción sea continua, hay que tener cuidado con las expectativas y enfrentarnos a la lectura sin prisa ni pausa; me he tomado esta lectura como una invitación a conocer Middlemarch y sus gentes, como una vecina más de la pequeña ciudad, pero con la ventaja de poder ver y oír todo, y no ser ni vista ni oída. Toda una vieja del visillo con palco preferente. Y al igual que la vida en cualquier lugar, las cosas suceden a diferentes ritmos, solo hay que disfrutar de los lentos tanto como de los trepidantes, todo de manera muy natural, como la vida misma. Pero es una novela, y asistiremos a todo un despliegue de recursos literarios que captarán nuestra atención y enriquecerán la narración.
Middlemarch, una pequeña localidad sin demasiados alicientes culturales y los típicos sociales, verá como las vidas de sus habitantes se entrecruzarán y el Destino jugará divertido con ellos, para satisfacción del lector.
Un variado elenco de personajes harán nuestras delicias, despertarán nuestra simpatía unos y nos harán enseñar los dientes otros, pero todos llenos de matices, personajes en los que veremos reflejados diferentes actitudes y aptitudes, muestras de diferentes estilos de vida, pensamiento, educación, moral. Tenemos a Dorothea Brooke, una joven altruista con elevados ideales pero con límites terrenales, los que le imponen una sociedad y una educación patriarcal; es una muchacha sensible y soñadora, y vale la pena conocerla y ver su evolución. Os digo esto a colación de esa entrada en la que os hablaba de que hay que tomarse su tiempo con las novelas largas, no impacientarse, ir conociendo a los personajes como si fueran tus convecinos, poco a poco, para conocerlos de verdad, como ir juntando las piezas de un puzzle, con paciencia y visión de gran angular. Dos pretendientes competirán por ella, atención que no digo por su amor, pues no se trata de una novela romántica aunque el amor flote en el aire, muchas otras cosas entran en juego: poder, amistad o enemistad entre familias, tradición, aspiraciones sociales, iglesia, falsa moral, apariencias. Sir James Chettam y Edward Casaubon se cruzan en su camino y despliegan todas sus artes para conseguir los favores de la joven Dorothea; claro que también tenemos al primo de Edward, la oveja negra de la familia, Will Ladislaw, un personaje al que también hemos de conocer poco a poco para ver más allá de la prepotencia y la ambición inicial, y saldrá a relucir su verdadero Yo, y se convertirá en uno de mis personajes favoritos.
Chettam, Casaubon, el revolucionario doctor Tertius Lydgate -cuyas ideas modernas y nuevas técnicas chocarán con los más retrógrados de Middlemarch- la frívola y engreída Rosamond Vincy, su hermano Fred, cuya mayor preocupación es conseguir una herencia para poder casarse con la mujer que ama, mal vista por su familia debido a que pertenece a una clase social inferior; todos ellos forman un nutrido grupo de secundarios de lujo, aunque es difícil saber si en verdad lo son, o son auténticos protagonistas por derecho propio junto a Dorothea y Will, pues todos ellos son imprescindibles para dar forma a esta novela, sin duda coral, y vida a la pequeña ciudad de Middlemarch. Nos quedan unos cuantos personajes todavía en el tintero, tan importantes como el resto, a pesar de su breve o en apariencia insignificante presencia en la historia, pues entre todos tienen el mérito de crear una historia redonda, perfecta, pero poco más puedo añadir sin arriesgarme a colocar todas las piezas del puzzle demasiado pronto, haciendo que se pierda toda la emoción.
Os decía antes que no se trata de una novela romántica, no principalmente, pero si tiene mucha importancia el papel del amor y el matrimonio en la sociedad de entonces, sin que uno sea el primer paso hacia el siguiente, ni que ambos vayan ligados; Elliot no duda en criticar abierta y duramente el factor económico en la mayor parte de las relaciones amorosas, teniendo prácticamente que representar un papel de matrimonio feliz ante la sociedad que no duda en juzgar y sentenciar. La falsa moral y la hipocresía, junto al poder de la Iglesia, las diferencias sociales y el repudio a los avances y los cambios, conforman parte importante en la novela, y junto a los personajes y sus vicisitudes crean una perfecta historia de uso, modales y costumbres de la sociedad provinciana de mediados del siglo XIX.
Con un estilo narrativo pulcro y elegante, George Elliot ha escrito una novela rotunda, fiel retrato de una comunidad llena de prejuicios y atada a los convencionalismos sociales, en donde los que se atreven a sacar los pies del tiesto han de enfrentarse a las severa justicia de los rancios hombres de bien y sus arcaicas normas, y a pesar de ello, los aires de renovación se cuelan entre las rendijas. No os engañaré, no es una lectura fácil, es muy densa y en ocasiones su lenguaje retórico y culto nos hace leer dos veces una misma frase o párrafo; pero si hacemos uso de esa paciencia de la que ya os he hablado en un par de ocasiones, la densidad narrativa será pecata minuta una vez logramos meternos en las tramas y congeniar con los personajes. Me costó años lanzarme a esta lectura, pero si la experiencia es un grado, no puedo por más que alegrarme de ello porque la he disfrutado enormemente, cosa que tal vez, años antes no lo hubiera hecho de la misma manera. Ocho libros -tantos como fascículos componían la publicación original en prensa- componen estas más de 900 páginas que si tenéis la calma necesaria para aguantar ciertas partes más pesadas o aburridas, disfrutaréis enormemente y descubriréis una ciudad y unos habitantes que no tienen desperdicio. Una experiencia la mar de positiva.
Con esta novela, cumplo la premisa: Clásico cuyo título solo tenga una palabra.
MIDDLEMARCH
George Elliot
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