domingo, 12 de agosto de 2018

FANDANGO STREET - XIX FESTIVAL DE TEATRO DE OLITE 2018

Tras casi tres semanas intensas de teatro, en las que la villa medieval rebosó de propuestas escénicas para grandes y pequeños (además de las escenificaciones que tuvieron lugar en la vecina Tafalla por parte de las escuelas de teatro regionales), se ponía fin a un Festival de Teatro de Olite mucho más arriesgado (si cabe) que el anterior, en el que la dirección decidió apostar por mantener la esencia que le convierte en una de las citas estivales ineludibles de la escena nacional y, al mismo tiempo, ofreciendo adaptaciones más vanguardistas de autores clásicos (entendiendo clásicos no sólo a nuestros dramaturgos del Siglo de Oro o autores griegos y romanos, si no clásicos en tanto que universales porque sus obras trascienden espacios y tiempos, como Molière o Valle-Inclán). El resultado final no pudo ser más interesante, pues las novedades dejaron un gran sabor de boca, y a Luis Jiménez, el director del festival y responsable del mismo en los dos últimos años, le ha salido bien este cruce de su rubicón tan particular, consiguiendo con su valentía que las mentalidades se ensanchen y acepten de buen grado la variedad, siempre que ésta venga de la mano de la calidad. Quizá por ello, y para ponerle el broche final a esta fiesta del espectáculo, ideó que el público se marchase bailando de la trasera del Castillo-Palacio de los antiguos reyes de Navarra, pues ya lo hizo el año pasado con Nacida Sombra. Para esta ocasión se guardaba bajo la manga Fandango Street, de la Compañía de Sara Calero. Era su apuesta segura, y ganó holgadamente.

Bajo una noche estrellada, ligeramente cálida y aliviada por una brisa suave procedente del norte, el espectáculo fue un paseo por el Fandango en sus máximas expresiones, pues si bien es conocido como uno de los palos fundamentales del flamenco, también tiene una importancia destacada en la música clásica, habida cuenta de que compositores como Boccherini, Antonio Soler o Scarlatti (cuyas piezas forman parte del espectáculo) o Manuel de Falla e Isaac Albéniz, entre otros. Así, con la elegancia y la sutilidad de la danza clásica, y el arrebato que nace del flamenco y sus entrañas, Sara Calero despliega su arte en un fusión perfecta. Tanto es así que la fluídez de sus movimientos sobre el escenario de La Cava conmovieron al público por la facilidad con la que los desarrollaba, haciendo olvidar la enorme dificultad técnica que esconde tras su vertiginosa danza, tras el su rítmico repicar de castañuelas, tras el aleteo de su cuerpo perfecto y menudo, que se convirtió en gigante devorando el escenario, sin dejar un espacio por recorrer, depositando su impronta a golpe de tacón, pasión y talento.

Como todo artista genial, la bailarina (o bailaora, pues es esta mujer tanto monta que monta tanto y no se distingue dónde acaba una y comienza la otra) ha sabido rodearse de un grupo de músicos excepcionales, desde el quinteto de cuerdas clásicas (viola, dos violines, chelo y guitarra) hasta la mágica guitarra flamenca de José Almarcha. Pero, además, también ha encontrado en Gema Caballero su alter ego vocal, y en esta ocasión, junto a Loreto de Diego, conformaron ambas cantaoras a veces un acompasado duo; otras un intensísimo duelo de gargantas, de llantos, de sentimientos y quebrantos.

Al fondo de las tablas, Sara improvisó un reducido camerino y allí, a la vista de todos, fue eligiendo un vestuario colorido y rico, vistiéndose y desvistiéndose para cada pieza, desvistiendo su pecho como ya estaba desnudando su alma. Sara Calero enardeció al público con su desparpajo (que permanecía en un absoluto silencio, casi monástico, mientras Sara ejecutaba sus bailes), y puso de acuerdo a entendidos y neófitos en la materia. Los espectadores, tras la última pieza, ovacionaron el trabajo fascinante de la artista madrileña y de todo su equipo, y la despidieron puestos en pie, en una inagotable salva de aplausos y parabienes, posiblemente la más rotunda de todo el festival.
Simplemente le deseamos que vuelva. No le hará falta la suerte, ni que tenga inspiración para nuevas propuestas en los años sucesivos. La bailaora y su compañía llegarán tan lejos como ellos quieran. Están llamados a revolucionar los escenarios, y lo harán. No les quepa duda. Si no la han visto ya, quédense con su nombre: Sara Calero.



COMPAÑÍA
Compañía Sara Calero

DIRECCIÓN ARTÍSTICA Y COREOGRAFÍA
Sara Calero

EQUIPO ARTÍSTICO
Baile: Sara Calero
Cante: Gema Caballero, Loreto de Diego
Guitarra flamenca: José Almarcha
Guitarra clásica: Pablo Romero
Viola: Abel Anafe
Violín 1o: Raquel Ovejas
Violín 2o: Alfredo Ancillo
Chelo: Javier Morillas
Técnico de sonido: Kike Cabañas

EQUIPO TÉCNICO
Dirección musical: Gema Caballero
Transquipción y arreglos de música preexistente para cuarteto: Pablo Romero Luis
Composición original y arreglos para cuarteto: Jonás Bisquert
Composición para guitarra flamenca: José Almarcha
Vestuario:Magoncas, Carmen Granell, Sara Calero
Calzado: Antonio García
Comunicación y Prensa: Manuel Moraga
Producción y Distribución: Elena Santonja


Redacción y Fotografía
Santiago Navascués

©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

jueves, 9 de agosto de 2018

HAMLET- XIX FESTIVAL DE TEATRO DE OLITE 2018

Se llenó al completo el aforo de la trasera del Castillo-Palacio de Olite para despedir como merecía al invitado de esta edición del Festival de Teatro de la villa medieval: el director de la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla, Alfonso Zurro. Si con Luces de Bohemia abrieron el festival con un éxito de crítica y asistencia de público, su visión del Hamlet de William Shakespeare confirmó que Zurro se encuentra en un momento de dulce, y que es capaz de conectar con los espectadores gracias a una labor de dirección de la dramaturgia de sus textos que auna una revisión renovada de los libretos sin resultar infiel a los originales, una coordinación actoral pulcra y decidida, y una concesión vital a la importancia de los distintos gremios técnicos para conseguir un conjunto robusto que deje huella en el público asistente.
Como bien es sabido, Hamlet narra la historia de este joven príncipe de Dinamarca que acaba de perder a su padre, al que han asesinado. Se encuentra sólo, abandonado, y sus tribulaciones giran en torno a la pérdida del espejo en el que mirarse y la duda acerca de quién ha podido ser el responsable del regicidio. Una noche se le aparece el fantasma de su propio padre, que le confirma que su muerte fue causada por el veneno que le dió su tío Claudio, nuevo rey de Dinamarca y que, además, tomó a la antigua reina Gertrudis, su madre, como esposa. Le pide también que vengue su muerte y Hamlet, arrebatado por las palabras que escucha del fantasma, inicia una lucha interior por tratar de distinguir si lo que escuchó era o no real. A partir de entonces, se van sucediendo distintos acontecimientos que van llevando al espectador por un mar embravecido de pasiones de los personajes, movidos por la ira, el rencor, el poder, los celos... La joven e ingenua Ofelia, hasta entonces prometida de Hamlet, acabará cayendo en la locura tras la muerte de su padre; Hamlet provocará una situación para tratar de desenmascarar al rey como asesino de su padre delante de toda la corte; Claudio, a su vez, intentará dejar en evidencia al joven Hamlet, al que cree caído en desgracia y mellado de toda clase de cordura. Y mientras tanto, la amenaza latente de una invasión noruega que pone en jaque la continuidad del reino de Dinamarca sin que nadie parezca darle la verdadera dimensión que tiene.
El elenco de actores, nueve en escena desdoblándose algunos de ellos para dar cobijo a los principales de la obra, realizan un soberbio trabajo de grupo, definiendo unos personajes creíbles entre los que destacan Pablo Gómez-Pando como Hamlet (que a pesar de que en algunas ocasiones su dicción es tan rápida que resulta complicado seguir sus diálogos o meditaciones, consigue un personaje fiel a los deseos de Shakespeare: a veces se muestra demasiado cuerdo, otras totalmente enajenado ¿cuál será su verdadera cara?), Rebeca Torres (angelical y tierna Ofelia, transparente y pura como el vestido que luce al entrar a escena, y que irá transformándose hacia una locura oscura y fatal que la conducirá a protagonizar una de las escenas más dramáticas de la obra, siempre resueltas estas facetas temperamentales con acierto y calculados gestos, sin sobreactuaciones) y Manuel Monteagudo (que realiza una doble interpretación del noble siervo del rey, Polonio y del Sepulturero que pondrá en manos de Hamlet el famosísimo cráneo de Yorick, un antiguo bufón con el que Hamlet hizo amistad en su juventud, y que le servirá para mirar de frente a las cuencas vacías de los ojos de la muerte).
Además, destaca en este montaje la encomiable labor que realiza el equipo técnico desde el vestuario, fiel a la época en la que está ambientada la obra, hasta la iluminación, siempre precisa capturando la atención del espectador. Mención a parte merece el trabajo realizado por Curt Allen Wilmer en la escenografía, pues hacía tiempo que con unas mimbres tan sencillas como unos espejos y unos lienzos infinitos de colores, no se conseguía tanta potencia visual. Y es que la disposición de ocho espejos ligeramente separados unos de otros, formando un semicírculo y vagamente inclinados hacia el centro del escenario (deformaban el reflejo de los actores, y de alguna manera las realidades que éstos vivían), crearon un sorprendente juego de imagenes, ninguna igual a la de al lado a los ojos del espectador (inolvidable ese trono caído, metáfora del regicidio y que ofrece múltiples vistas según el espejo en el que lo contemples), y convirtiéndose, junto a los diferentes telas de distintos colores (la pureza blanca, el rojo de la sangre derramada, el negro que acompaña en silencio la llegada de la muerte), superpuestas como capas de una cebolla hasta llegar al núcleo, en una expresión nítida de las pasiones que subyugaban a los actores a medida que el desarrollo de la obra se iba precipitando hacia su final.
Este Hamlet de la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla es totalmente recomendable, es una obra cuidadísima en cada detalle, acerca al gran público a uno de los dramas más universales y representados de la historia de una manera elegante, renovada y visualmente atractiva. Más que merecida fue la atronadora despedida de aplausos, extendidos durante más de dos minutos, con que les propinó el público de Olite. El Teatro es eso: entretenimiento, belleza, reflexión, arte, conmoción. Teatro es Alfonso Zurro. Larga vida al Teatro.



COMPAÑÍA
Teatro Clásico de Sevilla

DIRECCIÓN Y DRAMATURGIA
Alfonso Zurro


REPARTO
  Pablo Gómez-Pando, Juan Motilla, Amparo Marín, Manuel Monteagudo, Rebeca Torres, Antonio Campos, José Luis Verguizas, José Luis Bustillo, Manuel Rodríguez

 
EQUIPO ARTÍSTICO/ TÉCNICO 
Producción: Juan Motilla, Noelia Diez
Diseño de escenografía y vestuario: Curt Allen Wilmer (AAPEE)
Diseño de iluminación: Florencio Ortiz (AAI)
Espacio sonoro:Jasio Velasco
Lucha escénica: Juan Motilla
Realización vestuario: Rosalía Lago
Construcción escenografía: Mambo, TCS
Ayudante de dirección y regiduría: Pepa Delgado 
Ayudante de vestuario:Eva Moreno
Ayudantes de escenografía: Eva Moreno y Mar Aguilar
Diseño gráfico: Manolo Cuervo
Fotografía: Luis Castilla
Maquillaje y peluquería: Manolo Cortés
Equipo técnico: Carmen Mori, Tito Tenorio, Enrique Galera
Distribución y comunicación: Noelia Diez
A partir de la traducción de: Leandro Fernández
Hamlet es una producción de Teatro Clásico de Sevilla


Redacción y Fotografía
 Santiago Navascués

©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

miércoles, 8 de agosto de 2018

DOS TROTEROS Y UN DESTINO: Volver en septiembre.


La Gata se marchó algo antes y ahora el Gato la sigue ¿Qué le vamos a hacer si no sabemos estar separados? Estos gatos trotan juntos 😋
Julio ha sido un mes intenso, necesitamos un descanso, pero no queremos dejar la función a medias, os dejamos las obras teatrales finales programadas y nos vemos en septiembre.
¡Disfrutad el verano Gatroteros!

Besos.
Yolanda y Santiago.