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lunes, 7 de agosto de 2017

JUANA, LA REINA QUE NO QUISO REINAR. Festival de Teatro de Olite



Ya lo dijimos, pero no nos arrepentimos... Más bien reivindicamos:
"El acto de la confesión acostumbra a tener un punto de arrepentimiento. Y es que llega un momento en nuestra vida que sentimos la necesidad de transmitir a alguien todos esos pensamientos, algunos extraviados, otros machaconamente reincidentes llamando a las puertas de nuestro recuerdo, como método para redimirnos y liberarnos del peso que supone cargar con ellos sobre nuestra conciencia.
Para algunos sectarios, buscadores de tinieblas y sabuesos del vicio, serán pecados a catalogar en sus listados de putrefacción conforme a su moral (purulenta desde el inicio y por lo tanto herida de muerte desde su nacimiento). Para los demás, son sólo vivencias del ser humano de las que cada uno sale como buenamente pueden y que han de quedar como lo que son: sucesos a veces trágicos, a veces agradables, de los que siempre hay algo que extraer para aprender.
Cuando una confesión llega de un Rey, la procedencia más elevada de la jerarquía social, no queda sino esperar los más grandes acontecimientos, las anécdotas más envidiadas... pero también, los sucesos más oscuros y los pecados, que los cometen, más siniestros."


Para la recta final del Festival de Teatro de Olite, el director programó una obra, Juana, la reina que no quiso reinar, con gran parecido a Reina Juana, la versión dirigida por Gerardo Vera y protagonizada por Concha Velasco, con la que dió comienzo la pasada edición de 2016 de este mismo festival.  Juana la Loca, la que debiera haber sido recordada como Juana I de Castilla, aparece como personaje principal armada de un monólogo frente al espectador para arrojarle, sin tibieza ni temor, la narración de la vida de una mujer que siempre rehusó el poder que siempre la quiso seducir; la celda en la que se movía, amplia y repleta de féretros/fantasmas ésta, casí vacía aquella; la reina frente a la persona, la persona frente a sí misma en ambas... Miedo, pasión, tragedia, entrega, dolor... A pesar de las coincidencias, y de la proximidad del recuerdo de la obra anterior en los espectadores, el aforo de La Cava volvió a llenarse para disfrutar con la historia de uno de los personajes más fascinantes de la Historia de España.

Y es que Juana, la hija que hacía tercera en la estirpe nacida de Fernando II de Aragón y de Isabel I de Castilla, fue una mujer que vivió a contracorriente en una época en la que los matrimonios entre reyes únicamente eran contratos de buena vecindad o acuerdos político-estratégicos para tomar posiciones sobre el tablero del mundo conocido. El amor no era si no una quimera, un ideal, algo secundario y etéreo que podría corresponderles o no, pero que no debía apartarles del verdadero motivo de su existencia: engrandecer su linaje y perpetuarlo en el tiempo.
En esta obra, dirigida por J.D. Caballero a partir del texto de Jesús Carazo, avanzamos con ritmo ágil por los momentos más impactantes de la vida de la protagonista: su boda con Felipe el Hermoso a la edad de dieciséis años, a quien no conocía más que por un retrato pintado a mano; el posterior hechizo de pasión bajo el que cayó, presa del deseo y el arrebato que sentía desde sus entrañas por el Duque de Borgoña; el nacimiento de sus hijos, entre ellos un emperador, a quienes entregaría como objeto de negociación igual que lo fue ella; la traición de su marido respecto de su honra y de su lecho; la muerte de su madre, la indiferencia de su padre; su encierro en Tordesillas, su negativa a participar junto a los Comuneros en la búsqueda de un destino alternativo para su pueblo; la muerte de su amor que la atormentará de por vida...



Gemma Matarranz, una actriz curtida por la experiencia y entregada a un papel excepcional, realiza una fabulosa e intensísima interpretación del alma atormentada y pesarosa de una mujer que quiso ser libre: como mujer, como madre, como esposa, como amante... y no encontró en torno a su figura otra cosa que no fuesen intereses ocultos, negaciones, traiciones, intrigas, conspiraciones... Es esta Juana una reina repleta de dolor, una mujer que va desprendiéndose de su ropa igual que desnuda su alma para mostrarse como una víctima del Poder: el político, el de los instintos, el de Dios... Luchó por ser fiel a sí misma, a lo que le nacía de su interior, pero el destino, lejos de guardarle una vida grata, le entregó más de cuarenta años de encierro en una pequeña y fría celda de un convento vallisoletano.
A pesar de ser un montaje con varios años en escena, la compañía sigue realizando un trabajo con la misma entrega que el primer día, y tanto el equipo técnico como el fraile que acompaña en su obligado retiro a la reina (Enrique Torres), realizan una labor pulcra que redondea un producto la mar de apetecible. Si acaso, y por ponerle un pero, se echa de menos algunos minutos más de duración para poder detenerse un poco en algunos episodios que se tocan con velocidad y que, por la carga dramática y didáctica que conllevan, merecerían ahondar en ellos.
Sonó para Gemma y para la compañía una fuerte ovación cerrada, que no hizo si no confirmar que aquellas nominaciones (varios Premios Max) que recibieron por esta obra, no eran fruto de la casualidad, si no la consecuencia de su madurez plena.




COMPAÑÍA

Histrión Teatro

DIRECCIÓN
J. D. Caballero
REPARTO  
Juana Gemma Matarranz
Fraile Enrique Torres

EQUIPO ARTÍSTICO/ TÉCNICO
Texto original: Jesús Carazo
Vestuario: Mai Canto
Música Original: I. Almendral
Escenografía: Álvaro Gómez Candela
Iluminación: Juan Felipe Tomatierra
Fotos: Pablo Mabe
Redacción y Fotografía: Santiago Navascués
©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

lunes, 25 de julio de 2016

REINA JUANA - Festival de Teatro Clásico de Olite



El acto de la confesión acostumbra a tener un punto de arrepentimiento. Y es que llega un momento en nuestra vida que sentimos la necesidad de transmitir a alguien todos esos pensamientos, algunos extraviados, otros machaconamente reincidentes llamando a las puertas de nuestro recuerdo, como método para redimirnos y liberarnos del peso que supone cargar con ellos sobre nuestra conciencia.
Para algunos sectarios, buscadores de tinieblas y sabuesos del vicio, serán pecados a catalogar en sus listados de putrefacción conforme a su moral (purulenta desde el inicio y por lo tanto herida de muerte desde su nacimiento). Para los demás, son sólo vivencias del ser humano de las que cada uno sale como buenamente pueden y que han de quedar como lo que son: sucesos a veces trágicos, a veces agradables, de los que siempre hay algo que extraer para aprender.
Cuando una confesión llega de un Rey, la procedencia más elevada de la jerarquía social, no queda sino esperar los más grandes acontecimientos, las anécdotas más envidiadas... pero también, los sucesos más oscuros y los pecados, que los cometen, más siniestros.



No pudo comenzar de un modo mejor la XVI edición del Festival de Teatro Clásico de Olite. La organización, con gran acierto, colocó en parrilla de salida a uno de los animales escénicos del panorama nacional más longevos y enérgicos: Concha Velasco. Con ella sobre las tablas del escenario de La Cava, el cartel de No hay entradas colgaba de las taquillas desde hace varios días, y su presencia, lejos de defraudar, engrandeció más si cabe su legendaria fama de actriz colosal. Y es que la Velasco, a la que le han regalado un caramelo en forma de monólogo escénico, devuelve a la vida con intensa sensibilidad a la Reina Juana de Castilla, la que pasó a la Historia (esa que escriben los vencedores de las guerras más despiadadas pero también de las intrigas cortesanas más descarnadas) con el sobrenombre de Juana La Loca.



Reina Juana es una obra muy bien compuesta por Ernesto Caballero, en la que la protagonista, unas horas antes de su fallecimiento en su encierro de Tordesillas, ofrece un monólogo a modo de última confesión frente a Francisco de Borja, jesuita enviado por Felipe II para detectar en su abuela alguna señal luterana o demoníaca que fuese la causa de la afamada locura de la Reina Juana. Así, aquella reina que jamás reinó y que siempre estuvo a disposición de los intereses de todos cuantos le rodeaban con aviesas intenciones, hace un repaso inconexo por los momentos más importantes de su vida: su niñez, siempre educada en la obediencia dada su condición de Infanta, y en la que ya su madre Isabel la Católica veía algo extraño porque no acostumbraba a acudir a misas ni mostraba afinidad por las Sagradas Escrituras; la soledad de un viaje en el que, siendo una adolescente, fue enviada por sus padres en busca de su destino en la tierra de Felipe, el Hermoso, archiduque de Austria, duque de Borgoña y Bravante y conde de Flandes; el amor carnal al que se entregó al conocer a su marido y la dicha que la llenó durante años al estar a su lado y darle seis hijos; los celos que, a veces, le nublaron la razón al saber de las correrías y juergas de su marido con otras mujeres del reino cuando frecuentaba las innumerables cacerías a las que era aficionado; el duelo por la muerte de la principal figura de su vida, su madre, y el dolor que la embargó hasta el fin de sus días; la negación a encabezar, como así le pedían cientos de nobles, la revolución de Los Comuneros frente a su hijo Carlos V, que quizá hubiese hecho de esa incipiente España un país descentralizado y a la vanguardia de Europa (aquel sueño que llegó demasiado pronto y que, como todo lo que nace antes de tiempo, poco tiempo duró vivo); la declaración de incapacidad de su padre Fernando y de su marido Felipe para apartarla de la corona que legítimamente y por designio testamental de su madre le pertenecía sobre las tierras de Castilla; el internamiento en Tordesillas para tratar su supuesta  enfermedad mental; el inesperado fallecimiento de Felipe y con él, de una parte de su propia vida... La otra, cautiva también por los designios de su nieto, hacía años que se hallaba moribunda sin nada que le sirviese como reclamo para regresar...
Sobre el escenario, Concha Velasco fluye como un torrente de agua: brava y poderosa como agua que escurre sin cauce establecido desde un monte cuando se refiere a los celos; sutil y cristalina al referirse a la pasión que la llenó de vida junto a su marido; descarnada y silenciosa, como un lamento de lluvia cuando muestra sus temores, sus miedos y se enfrenta a las pérdidas de los que ha amado.
A todo ello contribuye una puesta en escena muy acertada en la que, desde dentro de la celda que ocupa Juana I de Castilla, se abren ventanas y puertas que ofrecen la única luz que se cuela sobre el escenario, o la precisa videoescena que se proyecta sobre el fondo y que introduce al espectador en los recuerdos de la protagonista: ora un mar embravecido, ora una guerra sin cuartel, ora los hombres de su vida, ora la lluvia que de niña inundaba de miedos sus sueños.
La Reina Juana, una mujer que por fin puede hablar sin veladuras y que le demuestra al mundo que su locura no es más que el fiel reflejo en un juego de espejos de quienes le rodeaban y manipulaban para que, con las razones de Estado como excusa que todo lo abarca, hacer de una buena mujer un títere al que manejar o intercambiar con el único fin de ensanchar fronteras, establecer acuerdos, usurpar el poder o mantenerlo al precio que fuese. Juana, la primera reina de todos los reinos de lo que tiempo después se llamaría España, que amó a su marido tanto como luego la aborreció, que vivió la vida que los demás esperaban de ella y no la que ella quiso vivir, que conoció de primera mano el efecto que sobre los hombres tiene una Corona y que renunció a ella no por obligación, si no por no ser como ellos, como su sangre, por no ser una más en un nido de cuervos.
 


COMPAÑÍA
Grupo Marquina - Siempre Teatro

DIRECCIÓN
Gerardo Vera 

REPARTO
Concha Velasco

EQUIPO ARTÍSTICO
Autor:  Ernesto Caballero

Escenografía: Alejandro Andújar y Gerardo Vera 
Iluminación: Juanjo Llorens 
Vestuario: Alejandro Andújar 
Videoescena: Álvaro Luna 
Diseño de sonido: Raúl Bustillo 
Fotografía: Sergio Parr
Ayudante dirección: José Luis Collado 
Ayudante escenografía: Laura Ordás Amor 
Construcción escenografía: Mambo & Sfumato 
Realización vestuario: María Calderón y Ángel Domingo 
Regiduría: Fran Martí 
Sastrería: Rosa Castellano 
Electricidad: Mario Díaz 
Maquinaria: Marcos Carazo 
Sonido: Jonay Ferreiro 
Producción ejecutiva: Alberto Closas

 

 Facebook de la Compañía



Redacción y Fotografía:
Santiago Navascués

©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS