lunes, 26 de noviembre de 2012

“Curioso cuaderno de viaje de dos simpares viajeros” – 7ª Parada: Laposada de la Hermanda. Exposición: LEONARDO DA VINCI, EL INVENTOR.TOLEDO


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Cálido verano este pasado, mucho, no recordaba otro igual. Los archivos de temperatura señalaban que hacía cuarenta y cinco años que un mes de agosto no era tan caluroso ¡Cuarenta y cinco años! ¿Cómo iba a acordarme? ni siquiera había nacido. Y es que cuarenta y cinco años son muchos años, casi medio siglo menos un lustro; y aunque tan solo estoy coquetamente a un trienio de alcanzarlo, años ya son. Claro que hablar de medio siglo en Toledo es hablar de suspiros en un vendaval de vientos.
Y el viento llegó aquel día de finales de agosto, cálido, ardiente, fogoso, lacerante como cuchillo recién afilado; viento que azotaba fuego y arañaba chispas. De África llegó, de las estrechas calles del zoco marroquí y de las cálidas arenas del desierto, calor moruno que olía a té, a cal y a especias, que sabía a leche de cabra y a dátiles recién cogidos, viento cálido que nació al otro lado del estrecho …y que a su casa llegaba, a su casa regresaba. Toledo, cuna y féretro moro ¿Cómo no iba a venir el viento, a llorar ululante a sus antepasados y a abrazar a sus descendientes?

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Toledo, que bulle y chispea, que palpita y resucita, que es y que fue y que siempre será. Y seguía agosto extendiendo su ardiente manto por la ciudad mágica, legendaria, sacra e Imperial, soplando vientos y encendiendo ardores. El viento susurrante me guiaba por sus callejones y callejuelas, como una mano asida a mi brazo, llevándome hasta el horizonte de una ciudad sin límites y con mil fronteras abiertas, allá donde se juntaban cielo y tierra, hasta donde comenzaban y nunca terminaban, las grises baldosas amarillas de la leyenda de la Ciudad: El Puente de Alcántara.
Algo latía y crepitaba por Él y el resto de la ciudad, en la noche que se avecinaba. Los cuerpos se humedecían y las almas susurraban; se derretían los primeros para tornar a tierra lo que tierra fue, y se manifestaban los segundos para formar carne de lo que bruma era, y ambos, llenaban de voces y lamentos un aire que flotaba por doquier en Toledo.
Era la noche de los vivos, el día de los espectros, el momento de unir carne y huesos. Toledo volvía a ser…la que siempre fue.

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Envueltos en la magia toledana, nos dejábamos mi compañero y yo llevar por nuestros neófitos pasos, en una ciudad en la que nunca habíamos estado y a la que sin embargo parecíamos pertenecer desde siempre, como peregrinos que tras comer polvo por tierras lejanas durante años, volvíamos a una casa que casi no recordábamos pero en la que ansiábamos estar. Y como todo peregrino, necesitábamos un alto en el camino, y este no podía ser otro, que una posada; aunque no era este su fin, ni entonces ni ahora, a nosotros nos serviría como refugio, paz y calma, en esa noche que se avecinaba.
A través de la Calle Locum, junto al callejón del Diablo, nos esperaba firme y serena, como un Caballero haciendo guardia, la Posada de la Hermandad. Un enorme portón de madera enmarcado entre dos columnas de piedra, como una enorme boca pintada de pardo carmín; esta parecía sonreír desde un rostro gótico-mudéjar, abriéndose al viajero de hoy y al hermano de ayer, y cerrándose al enemigo ahora y al golfín entonces. Un vestigio del siglo XV, perpetuada para la posteridad a través de Gustave de Beaucorps, cuatro siglos después.

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La que fue casa-cuartel-cárcel, se nos mostraba ahora, actual en su recibidor vetusto, como una muchacha de provincias que vestía de largo por primera en vez en una gran fiesta en la capital. La belleza y tosquedad de sus anchos muros renacentistas, chocaban con la modernidad de un mostrador plagado de folletos de colores, un ordenador y un teléfono que no dejaba de sonar. Poco quedaba ya del paso y desmadres de aquellos Caballeros de la Hermandad, que nacidos para proteger caminos y caminantes, murieron desacreditados entre aquellas mismas paredes, como salvadores de un pueblo que acababan convirtiéndose en crueles dictadores.
Había mucho que ver y debíamos empezar a trabajar, aunque nos sintiéramos en disposición de ocio. Santiago miraba la Posada a través del objetivo de su cámara, y yo comenzaba a tramar una historia por medio de mi vieja pluma y un nuevo cuaderno ¿Cómo no dejarse llevar por la imaginación en un lugar como este? lo contrario sería estar huero, ser un pellejo que ni siente ni padece, las paredes hablaban, solo que aún no entendía sus palabras.

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Una tos seca, corta y grave, atrajo nuestra atención hacia el fondo de la sala. El sonido parecía provenir de algo más abajo de donde nos encontrábamos nosotros, pues sonaba a eco y a humedad, como una barrica de vino que es golpeada sin querer en una bodega, un sonar a profundidad, lejanía y agua estancada. No fue difícil averiguar de dónde provenía la tos. Giramos a la derecha y bajando a penas unos peldaños, nos encontramos con la frescura y la humedad de los sótanos ¿Cómo no toser? el cambio de temperatura del exterior al interior de las mazmorras era considerable. Me uní a esa tos con un par de estornudos y un erizar del vello de los brazos, ya no sé si provocados por la temperatura o la sensación de estar en las viejas salas de tortura de la Hermandad.
En la mazmorra del fondo a la derecha, la más húmeda y fría a mi entender, había un hombre de espesa barba y largo cabello, que parecía estar en trance mirando aquellas paredes y un antiguo y morboso cepo de tortura que había en el centro de la celda; ausente a lo que pasaba a su alrededor, murmuraba inteligibles palabras, como si se tratase de una letanía monótona. Santiago disparaba su cámara como si se tratase de un colt de repetición, pues todo lo que pasa desapercibido para el resto de los mortales, mi compañero lo atrapa en un pixel y lo convierte en singular imagen.

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En ese momento, el extraño turista se giró y nos miró fijamente, como si en ese instante se hubiera dado cuenta de nuestra presencia y la suya propia; no pareció contento de haber sido interrumpido y pasó brioso por nuestro lado marchándose de los sótanos, dejando tras de sí, una fuerte tos y un tufo a rancio y sudor.


−He de llegar a tiempo, me están esperando –dijo al pasar por nuestro lado.


Salimos de aquellas mazmorras, Santiago incitado por las ansias de ver la exposición de Leonardo Da Vinci, y una servidora, además, por el escalofrío que le supuso aquel individuo y aquellos sótanos. Subimos al primer piso de la Posada, donde varios artefactos voladores nos miraban desde todos los ángulos, artefactos surgidos de la imaginación, el talento y los sueños de Da Vinci. Unas alas enormes parecían surcar el techo de la sala, cubriendo la misma y a los visitantes como lo harían las de una madre águila con sus polluelos. Impresionante y fascinante.

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Nos sorprendió ver a una mujer joven, no podría decir que era bellísima, pero si irradiaba una hermosura serena que te atrapaba tras sus brillantes y pequeños ojos, y sobre todo, tras su sutil sonrisa. Miraba emocionada, casi extasiada, los inventos del gran Leonardo, como si intentara retener en su memoria y retina todo lo que veía. Lo que de verdad nos sorprendió, fue cuando vimos a la joven que sin miramiento alguno, pasó de mirar los objetos a acariciarlos con sus manos, y aún llegó más lejos al sentarse, como lo haría Perico por su casa, en una barca impulsada por el movimiento de los pies, como si de un patín de playa se tratase.
Poco parecía importarle que todos los allá presentes la miráramos como se mira a una loca, pensé que no solo se trataba de una falta de respeto a la obra, sino también que podía dañarla y tirar por tierra la pieza expuesta…me acerqué con la excusa de que íbamos a fotografiarla y le pedí que si podía hacer el favor de levantarse, además, en cualquier momento llegaría un responsable de la exposición y podría molestarse mucho al verla allí.

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−¿Eso que lleváis en la mano, es también obra suya? –nos dijo señalando la cámara de Santiago y obviando por completo el aviso que acabábamos de darle− Leonardo es maravilloso, su capacidad de invención es más rápida que la capacidad del mundo para comprender lo que ha inventado ¿No os parece?


Ni siquiera supimos qué contestarle ¿Leonardo habría inventado la cámara de fotos, mucho antes de que los Chevalier siquiera crearan su primitiva cámara de madera? todo era posible, no había más que ver los objetos que nos rodeaban, no faltaba de nada: aparatos para volar, para navegar, para hacer submarinismo, para hacer más cómodos y seguros trabajos y oficios, para el hogar, para soñar, para facilitar la realidad, para la guerra…para la paz. Para un mundo mejor. No me había dado cuenta hasta ese momento, de lo que en realidad teníamos a nuestro alrededor y lo que significaban todos aquellos inventos. Un mundo mejor. Avances puestos al servicio de la humanidad, para convertir al hombre en el auténtico centro del universo, creador absoluto y modesto, del universo en el que vive, y sobre todo, en el que dejará como legado a los que vengan después. Más que una mente prolífica o un visionario, Leonardo fue un Altruista, nos legó una vida mejor.

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La joven corría entre los objetos como la niña que corre entre los muebles de su casa, con ligereza y precisión, como si de hacerlo tantas veces, se hubiera aprendido la ubicación exacta de cada uno de ellos. Pero no era tan niña, así que solo cabía una explicación, le faltaba un tornillo a la pobre; sin embargo debía reconocer que me gustaba estar a su lado, ese énfasis en mostrarnos cada objeto como si se tratase de una auténtica joya, como si a pesar de haberlos visto mil veces, cada vez que los miraba, fuese como la primera. Y parecía saber cosas que nadie más sabía, o al menos, que yo no había leído nunca antes, así que la seguí de sala en sala, objeto tras objeto, haciendo que Santiago no perdiera ni un solo detalle con su cámara.


−Leonardo soñaba con extraños animales y seres de otros mundos que lo visitaban al cerrar los ojos –nos dijo la muchacha− pero era al abrirlos, cuando los transformaba en objetos. Él miraba aquellos personajes, pero solo veía artefactos ¿Qué curioso verdad? mirad esto –dijo señalándonos un tornillo helicoidal hecho en madera y tela− ¿No podría haber sido un hada o una ninfa moviendo sus alas como si fuera un torbellino, y ascendiendo verticalmente hasta llegar a las estrellas?...

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Vale, me encantaba escucharla, pero estaba como un cencerro. Como un cencerro contagioso, pues yo misma comencé a ver monstruos tras cada invento, y tenía que reconocer, que era muy liberador dejar volar así la imaginación. Las poleas, empezaron a ser en mi mente maravillosas cadenas de trabajo de hormigas pasándose de unas a otros los granos de trigo hasta conseguirlos subirlos a lo más alto del hormiguero, para dejarlos caer después sin esfuerzo, rodando.

Mi amiga-cencerro se quedó embelesada mirando un extraño artilugio, que a mí me recordaba a una pequeña nave espacial, un OVNI de madera en cuya parte baja sobresalían una treintena de cañones. Una vez puesto en funcionamiento el mecanismo de tan extraña nave, los cañones girarían 360º disparando munición. No me gustaba imaginarme a Da Vinci creando armas para destruir el mundo que con tanto ingenio estaba construyendo para todos los que vendríamos detrás. Me puso muy triste, no era justo que obligaran a los grandes genios a trabajar en contra de sus semejantes.

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−Leonardo era más listo que todo eso –dijo la joven− la máquina era imperfecta, sus planos eran incorrectos y jamás podría haberse construido. Y Leonardo no cometía errores así.


Y rió ligeramente tras su delicada sonrisa. Me convenció. Esos extraterrestres que vinieron con su nave a perturbar el sueño de Da Vinci −¿Y por qué no podía haber sido así? – no lograron que el Genio transformara esa imagen en un arma destructiva ¿Qué tal una bombonera?

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Dejamos atrás la firme mirada del Hombre de Vitruvio y seguimos escaleras abajo a la joven, que se empeñaba en enseñarnos algo “realmente prodigioso”; se paró en seco en el pequeño rellano que daba a las escaleras, frente a un marco sin cuadro que parecía presidir dicho lugar, pero en el cual no había lienzo, estaba vacío y ligeramente torcido, como si alguien se hubiera apoyado en él. Nos miró y sonrió y bajó corriendo las escaleras ¡Que muchacha más extraña!
Entramos en la sala de la planta baja, y la joven fue directa a un prototipo de vehículo, que en realidad era maravilloso. Engranajes, manivela, ruedas dentadas ¿No hubiera sido realmente fabuloso que hubiera sido un éxito y el progreso hubiera llegado a nosotros mucho antes? tal vez ahora el hombre, el mundo, los países, fueran auténticas maravillas tecnológicas y todo el mundo tuviera a mano los avances de la ciencia para su provecho y desarrollo?

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−Corres mucho, las cosas llegan cuando tienen que hacerlo –me dijo la muchacha− si te adelantas al momento, ni inventor ni población estarán preparados para ello, y este fracasará, y si lo haces demasiado tarde, otro se te habrá adelantado y solo podrás mejorar lo ya inventado. Leonardo lo decía siempre. Además, esto no era lo que quería enseñaros. He dicho algo prodigioso. Que tu amigo el del chisme que hace retratos, esté atento. ¡Mirad, ahí está el prodigio!


Se situó al lado de una enorme Bicicleta . Era impactante, hermosa, magnífica ¡Y de madera! ¡Fabulosa se mirase por donde se mirase! Llevaba una cadena con piñón fijo que debería mover la rueda trasera, rueda, ruedas que no llevaban radios, sino barrotes. Ruedas de madera, ni más ni menos. Era demasiado grande, demasiado pesada, imperfecta, pero tan hermosa. Presidía la sala de exposición y no me extrañaba, entre tanto invento espectacular, pasos gigantes para el avance de la humanidad, una simple bicicleta destacaba como el invento más prodigioso y bello de cuantos había en todo el museo. Era soberbia.

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−¿Qué pudo haber sugerido en Da Vinci, la creación de una bicicleta? –dijo Santiago mirándonos a ambas.

Pero ninguna de las dos supo que contestar. Y es que hay cosas que superan cualquier desbordante imaginación, se necesita talento y genialidad para hacerlo. Ser un Genio va más allá de una gran inteligencia y una imaginación sin límites. Da Vinci es, fue y será único. Personas así solo se dan un par de veces en la vida.

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Maravillados por la impresionante exposición, nos costaba decir adiós a la Posada de la Hermandad para proseguir el camino, pero había llegado el momento y nos esperaba la Exposición de Antiguos Instrumentos de Tortura, que aunque pertenecía a la Posada, estaba sito en otra calle. Pero la joven se marchó a toda prisa, despidiéndose a lo lejos, con un escueto, adiós. Fue una lástima no poder despedirnos de ella, hay personas, o personajes, que una vez que los has conocido, se quedan en tu vida y en tu recuerdo para siempre.

La ruta continuaba y los Instrumentos de Tortura nos esperaban. Dejamos atrás la Posada y pusimos rumbo a la Sala de Exposiciones de Alfonso XII. De nuevo en la Calle Locum, tomando aire para continuar con la visita, nos encontramos de nuevo con el tipo de la tos que estaba en las mazmorras, pasó por nuestro lado y esta vez nos rozó dejando en nuestra piel una extraña sensación, como si nos hubieran rozado con un cubito de hielo. Y salió a toda prisa calle arriba.

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En la posada, desde el rellano que separaba las salas del primer piso, un cuadro de La Gioconda presidía el lugar, seguía ligeramente torcido y su sonrisa parecía algo más picarona de lo normal.

Alguien con mucha imaginación incluso diría que guiñaba un ojo.

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©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS




Fotografías: Santiago Navascués Ladrón.

Texto: Yolanda T. Villar





EXPOSICIÓN: LEONARDO DA VINCI, EL INVENTOR
Posada de La Hermandad (Junto a la Catedral)
Abierto todos los días hasta el 12 de diciembre de 2012
Posibilidad de concertar visitas para grupos y pases privados
Más información: culturaentretenida.com

sábado, 24 de noviembre de 2012

“Curioso cuaderno de viaje de dos simpares viajeros” – 6ª Parada: Museo de Arte Abstracto (Fundación March)


© NAVASCUÉS
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…Dormida
bajo los sauces del río que pasa;
bajo el murmullo del viento, la casa
de un poeta de mi ciudad. 

Dichosa
la soledad salvaje que goza,
bajo el feliz compás de la hojas
de los álamos,al soplar el viento…




El final del día apuntaba hermoso, tanto, que subir por las empedradas e empinadas calles de la ciudad, merecía la pena. El cielo empezaba a tornarse anaranjado, tapizando las nubes para recibir el ocaso del sol; al llegar a la calle Canónigos, el calor ya había remitido por completo, y asomarse al rio Huécar, con el imponente y vertiginoso Puente de San Pablo a la izquierda, uniendo ambos lados del río, era como estar frente a un cuadro paisajístico. Emocionante.

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Don Federico nos dijo que esta sin duda era su parte favorita de la ciudad, Cuenca se veía ancestral, imponente e imperecedera desde allí. Me pareció muy hermoso. Me di la vuelta y miré hacia arriba, detrás nuestra estaban bellas, altivas y voladas, Las Casas Colgadas. Verlas ahí tan majestuosas, espectadoras silenciosas del ir y venir de las gentes y los tiempos, imponía y mucho; cada vez que vengo a esta Ciudad y las miro, descubro cosas nuevas en ellas, ya sea un imperceptible cambio en la madera de los balcones, ya sea el blanco de las paredes o su propia voz de siglos, que nos susurra palabras escritas en su alma de piedra. Compartía la admiración de nuestro boticario por esta ciudad, y en concreto, por esta historia viva y colgante.

El Museo de Arte Abstracto parecía estar agazapado tras unas pequeñas puertas, que a los pies de las Casas, aún parecían más pequeñas; era como si el propio Museo, en su modestia, no quisiera quitar importancia, historia y belleza a las colgantes casas ¡Si, estamos aquí, somos un gran museo, pero no nos gusta alardear de grandeza y belleza en una ciudad en la que todo es grande y hermoso! somos uno más –parecía decir. Y no necesitaba gritar a los cuatro vientos que se trataba de una joya del arte abstracto.


Nada más entrar nos dimos cuenta de su esplendidez, Chillida nos recibía casi en las mismas puertas, mostrándose robusto y sencillo con su Abesti Gógora IV en el centro de la blanca primera sala. Magnífico. Su clara madera de chopo resaltaba y acentuaba más todavía una obra de Torner en oscura chapa y otra de hierro negro de Sempere. Gris Oscuro y Latidos para darnos la bienvenida. A todo anfitrión le gusta estar rodeado de amigos, y Eduardo, Gustavo y Eusebio nos abrieron sus brazos y nos señalaron el camino a seguir desde ese punto; la casa estaba llena de grandes amigos, y nos invitaron a saludarles.

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Don Federico nos comentaba que comprender estas obras, era como adentrarse en la mente del artista, imposible; como una poesía de amor escrita en un momento de desamor, no se puede comprender si antes no has sentido lo que es tener un gran amor y perderlo después, el lector se quedaría siempre con lo que la poesía despierta en él, no con lo que despertó en su autor. Mirad y admirar. Comprender es inútil si antes no sientes. Y tenía toda la razón, al menos para mí. Nunca he entendido el arte abstracto, solo lo admiro y descargo en él mis sueños, teorías y porqué no, falacias de mi imaginación dirigidas a mi razón. Y me gustaba así, sintiéndome parte de ellas y su significado, aunque estuviera alejado del que le dio su autor. Es la Magia de la Abstracción.
En la primera planta nos encontramos con la claridad gris de la arpillera de Millares y la verde madera de Lucio Muñoz, dos nuevos amigos que comparten sala y sonrisas, pues ambas obras parecen mirarse de reojo y reírse entre dientes cuando nos ven frente a ellas y sin saber que decir. Dos muchachos muy risueños, sin duda. Me gustaban los invitados que íbamos conociendo, nos hacían sentirnos cómodos sin hacernos perder el poder de asombro que despertaban cada uno de ellos en nosotros.

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Llegamos a una nueva sala y encontramos nuevos amigos. Son grandes, prácticamente majestuosos, ocupan cada uno de ellos una pared entera; Tàpies, Canogar y Palazuelo ni siquiera se dieron cuenta de que estábamos allí. Frente a ellos, las cortinas corridas de la sala que dejaban ver uno de los balcones de las Casas y el fondo rocoso, les mantenían ausentes y absortos en sus pensamientos de polvo de mármol y óleo. Nos quedamos un rato en silencio, sentados en un gran banco de madera, mirándoles a los ojos a cada uno de ellos pero sin ofender ni molestar, tan solo demostrarles nuestro respeto. Nos fuimos sin hacer ruido, ellos ni se inmutaron.

En la siguiente sala, el rojo sangre de Juan Guerrero nos sorprendió en una blanquísima sala, en la cual, Chirino nos traía un silencioso Viento, Y Mompó nos deslumbró con su clara Procesión en Cuenca. No se puede negar que la reunión de amigos en la Casa era notable y bien avenida, como debe ser; mirase donde mirase una, había una sala que servía de reunión para los artistas, nada multitudinario, cada reunión se desarrollaba en petit comité, para disfrutar más y mejor de cada uno de ellos. Y esa blancura de las paredes que nos miraban con los oscuros ojos rectangulares que se abrían, más que colgar de ellas.

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Entre tanta blancura nos dejó perplejos la Sala Negra, una sala totalmente oscura de paredes negras, con la única iluminación de los cuatro cuadros que parecían emerger de ellas. Era realmente sorprendente y mi compañero de viaje y yo quedamos prendados de ella, por su sobriedad, su elegancia y ese cierto desconcierto que emanaba tanto de la sala como de las obras. Y avanzábamos poco a poco, o dábamos vueltas sobre nosotros mismos, que era difícil
de saber entre tantas salas y algún que otro recoveco, como el recibidor de una casa que nos saluda al entrar y nos dice hasta pronto al salir.
Manrique se nos mostraba junto a unas ventanas, rocas al fondo y roca volcánica en el cuadro, materia imperecedera, la naturaleza hecha Arte. Madera y tabla en las manos de Farrera y Lucio Muñoz. Materia y más materia, tierra, acero, hierro, madera, bronce, arpillera, mármol…artistas que transforman la naturaleza en arte y los elementos en objetos, Cristos artísticos que transforman el agua en vino. Saura, Palazuelo, Oteiza, Gabino, Feito, Cuixar y Rubio Camín, Pijuán, Basterrechea, Viola ¿Cuántos amigos pueden caber en un salón? tantos como artistas abstractos caben en un solo museo. Enumerarlos sería imposible porque sus obras te acompañarán sala tras sala, clavándose en tu retina y marchando contigo doquiera que vayas.

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Cuenca es Arte. Y es Arte porque Cuenca lo muestra tal y como son uno y otro, Imperfectos, pero bellos. Y nosotros los admiramos por lo que nos hacen sentir, no por lo que fueron creados, a no ser que su creación fuera esta exclusivamente, que no entendiéramos nada pero que sintiéramos todo.

Sería imposible elegir a un autor o una obra, salir de la Fundación y decir: el mejor de todos ha sido…¡Que engaño sería ese para nosotros mismos, y para quien nos escuchara! lo Abstracto se embellece a través de los ojos que lo miran, y hay tantas interpretaciones como ojos mirando. Pero mi compañero de viaje y yo llegamos a la misma conclusión –no así Don Federico, que no se pronunció al respecto, tan solo nos dijo, que un artista lo es porque así se siente, no porque así lo califican los demás− Zóbel, creaba un mundo onírico con sus cuadros de claros colores y algún matiz en negro.

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La obra de Zóbel me ha recordado siempre a mariposas batiendo alas. Alas que dibujan colores, que crean estelas, que surcan estrellas, que pintan soplos de aire. A mí, Zóbel, siempre me ha hecho sentir viva. Y la mayor parte de las veces, no sé lo que me ha querido decir de verdad. Ignorante que será una. Pero amante del Arte tal cual, sin tapujos ni aspavientos. Arte sin más. La Piedra del Caballo, parecía tan vacía al verla…pero si la grababas en tu mente y cerrabas los ojos, podías ver el caballo emergiendo del agua, y una piedra flotando en la misma. Y puede que a Don Fernando no le hubiera gustado esta impresión mía, pero su obra, la que habla por él, ahora habla en mí, en mi compañero, en nuestro guía, en quienes la miraron un día y la mirarán mañana, está abierta como lo están las mentes que ven en lo abstracto, lo Concreto.

No podíamos elegir, y ya lo habíamos hecho. Nos quedábamos con la espiral de sueños de un batir de alas, de unas mariposas inexistentes.

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Don Federico, recordando la obra de Millares, Artefactos para la Paz, solo nos dijo:
− En mi vieja casona conquense hubo siempre, hasta que el ventarrón de la guerra se lo llevó por delante, un salón de respeto.

Y calló él y seguimos mudos nosotros. Respeto. Sobre todo respeto.

Estábamos a punto de abandonar el museo, el día había sido extraordinario, las experiencias incontables y el camino de vuelta largo, cuando vimos una entrada sin puerta, que parecía llamarnos a gritos para subir sus escaleras. Como si se tratara de un lugar diferente, estos dos viajeros y su peculiar guía se encontraron fuera de todo concepto abstracto y se toparon con lo puramente evidente.

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Habíamos retrocedido quinientos años hacia atrás en el tiempo. ¿Dónde estaban ahora las arpilleras de Millares, o la robustez en madera de Tàpies, dónde las alas de mariposas de Zóbel? estábamos en pleno siglo XV, Las Casas Colgadas no son un museo, sino un hogar, y este en concreto era, fue, el de González de Cañamares, donde poco queda ya de los elementos originales, pero estos vestigios de Renacimiento, son tan bellos o más, como se debieron mostrar en sus días. Puede que sea así por ese afán que tenemos de saber del pasado con los ojos del presente, y aún mirando con estos últimos, transportarnos al ayer con tan solo mirar un resto de lo que un día fue.
Don Federico, conquense de pro, nos recordó que no fue hasta casi mediados del siglo XX, cuando estas casas pasaron a llamarse así, Colgadas. Antes, solo eran eso, casas ¿A quién le importaba si colgaban o no? tal vez fuera tan natural que nadie se preocupó de denominarlas de ninguna manera.
A medio camino entre el siglo XV y el XXI, una joven Geraldine Chaplin nos decía adiós desde una gran fotografía en blanco y negro. No existía el tiempo en el Museo, no existe el Tiempo cuando se trata de Arte.

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Y con el corazón henchido de emoción, estos dos simpares viajeros, al caer la noche, dijeron adiós a la ciudad única por excelencia. Cuenca, mi casa de siempre, pero ahora, más hogar que nunca. Pero no había ni rastro de nuestro guía. No hubo un adiós, ni un abrazo, no hubo gracias ni “denadas”, igual que lo encontramos a la mañana, igualmente se fue.
Nos miramos Santiago y yo de manera cómplice ¿Qué importaba retrasar un poco más la vuelta a casa? no nos iríamos sin decirle hasta siempre a Don Federico. Y nos encaminamos hacia el solar de la antigua iglesia de San Pantaleón. Don Federico estaba allí sentado, con las piernas cruzadas, sobre su rodilla su inseparable cuaderno, y su mirada…fija en la lontananza. Nos acercamos hasta él, no pude evitar acariciar levemente las ondas de su pelo, y dándole las gracias por todo, nos despedimos de nuestro boticario. Poeta, guionista y artista. Un amante de Cuenca y de las letras hechas poesía.

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Hasta siempre Don Federico. Gracias. Volvíamos a casa. Aunque estuvimos todo el día en ella.


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CANCIÓN PARA UN POETA

¿Por qué has hecho sonar hoy las campanas?
¿Por qué has abandonado las callejas que te vieron
pasar día tras día?
¿Por qué te has ido, amigo Federico?
¿Por qué se queda Cuenca sin poeta?
Dormida
bajo los sauces del río que pasa;
bajo el murmullo del viento, la casa
de un poeta de mi ciudad.
Dichosa
la soledad salvaje que goza,
bajo el feliz compás de la hojas
de los álamos, al soplar el viento.
Poeta que cantas a mi ciudad, escucha mi voz
y dimesi yo podré, servirte de trovador;
porque en tus poemas tiembla mi voz
y se recrea,
pensando en aquel rincón
de nuestra tierra.
Mañana
escucharé doblar las campanas
y de nuestra ciudad, las ventanas
te darán su adiós de laurel.
Poeta
el viento llevará mi tristeza;
cubriré mi rosal y mi hiedra,
con un sudario de crespón morado.
Poeta que buscas otro lugar sobre las nubes;
descuida que tu rosal jamás se marchitará
y en cada calleja de tu ciudad, en cada piedra
oculto en cada rincón,
habrá un poema, dormido
bajo los sauces del río que pasa;
bajo el murmullo del viento y tu casa,
poeta de mi ciudad.


(“Canción para un poeta” José Luis Perales canta a Federico Muelas, poeta y “otras cosillas”)




©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS



Fotografías: Santiago Navascués Ladrón.

Texto: Yolanda T. Villar

“Curioso cuaderno de viaje de dos simpares viajeros” – 5ª Parada: Museo de Antonio Pérez (Cuenca)


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De nuevo en la Plaza del Trabuco, intentando recuperar el aliento tras una larga subida por la calle de San Pedro, me acerqué a la muralla para mirar y admirar una vez más, Cuenca, a vista de gavilán, que para águila me quedaban muchos metros de altura que subir y muchas horas de vuelo para planear grácilmente por la Ciudad. Pero Gavilana de la Serranía, ya daba buena pluma y esperaba que el peso de la tinta no me hiciese caer en picado y hacer buen uso de ella.
Absorta en mis panorámicos pensamientos no advertí que Don Federico, nuestro singular guía –voluntario forzoso− ya giraba hacia la calle Ronda de Julián Romero, y tras seguirle tan rápido como los trastos con los que portaba me dejaban, vi como entraba en el antiguo Convento de las Carmelitas Descalzas, sede de la Fundación Antonio Pérez. No era yo la única ansiosa por conocer el museo, bueno, una ansiosa más, que la cara de mi compañero de viaje también era pura expectación retenida. Mi imaginación ya andaba disparada nada más entrar por la puerta y encontrarme de frente con las primeras obras del museo ¿Imaginaron alguna vez las hermanas que su convento albergara tanta modernidad? ¿Imaginó alguna vez Antonio Pérez ver su mundo albergado en el interior de un convento? ¿Imaginó alguna vez el mundo ser albergue de un Antonio Pérez?...

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Impresionaba el lugar. Gruesas y antiguas paredes conteniendo finas y modernas obras. Algunas de ellas parecían flotar, más bien levitar ¿Acaso serían las fantasmales manos de las hermanas allá fallecidas a lo largo de los años, las que las levantaran? tal vez intentaran sacarlas de su hogar por parecerles sacrílegas, o tal vez fuera todo lo contrario, admiradas por la belleza y singularidad de cada una de ellas, intentaran alzarlas hasta el cielo para hacerlas eternas. O tal vez solo era mi imaginación saliéndose de madre, nada Superiora aunque bastante Subidita.
No había ni rastro de mi guía ¿Dónde se había metido nuestro boticario abogado? Con una bonita sonrisa nos recibió una joven de clara mirada, menuda y sencilla que parecía tener aspecto de colegiala, aunque nada más abrir la boca ya nos dimos cuenta, que de serlo, colegiala, sería la primera de la clase. Nada más lejos de esa primera errónea impresión mía, Mónica Muñoz, Conservadora de la Fundación, nos recibió a mi compañero y a mí, con una amabilidad y una serenidad que incitaba a pegarse a su lado y dejarse envolver − levitar cual obra artística entre esas paredes− por su voz y explicaciones a estos dos simpares y ansiosos viajeros.

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Me moría de ganas de visitar el Museo, quería saber si era cierto lo que decía Don Vicente, mi conquense profesor –de Villar de Cañas para ser exactos− sobre Antonio Pérez: el alcarreño más conquense, que aunque no lo parió esta tierra nuestra, lo acunó en su penúltima mocedad, que la última está por venir siempre. Vale, yo por aquel entonces no tenía ni la más remota idea de lo que me estaba hablando, y solo me quedé con dos palabras, Ruedo Ibérico. Y mientras él, nos hablaba y hablaba del tema, intentando despertar interés en una clase de adolescentes alterados y alternados, entre el deber y el placer, yo miraba por la ventana y en mi mente imaginaba un torero vestido de bandolero… aunque no supe durante mucho tiempo porqué relacioné esos conceptos, años después vi una fotografía de Antonio Pérez y Juan Marsé en la plaza de toros de Ronda, luciendo patillas el primero y tipo matador el segundo. Para mí, todas las sierras, de Ronda, Cuenca o Morena, me hacían pensar en bandoleros, y las patillas en Curro Jiménez en concreto. Sin duda alguna, Don Vicente tuvo que hablarnos de aquella foto en su momento, o incluso mostrárnosla; pero ya he dicho, que era demasiado adolescente para apreciar lo que se me decía, demasiado fantasiosa para prestar atención a las historias de Don Vicente y demasiado ignorante para un Ibérico Ruedo que cuando yo iba, él ya había vuelto cien veces en cuestiones de toreo de palabras y conceptos.

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Adentrarse en el mundo del conquense alcarreño no iba a ser fácil, ninguna puerta al uso podría llevarnos hasta el centro de su universo; no existían recibidores, umbrales ni pasillos que llevaran directamente hasta el centro de su mente y su corazón. Adentrarse en su universo, solo podía hacerse a través del Universo mismo, removido y batido como un remolino; cruzar la puerta sin más, solo nos llevaría a una exposición de grandes obras, si, pero llegar hasta el otro lado del Arte, eso solo se podía hacer cruzando al otro lado del espejo.
Y fue nuestro rubio conejito blanco, el que nos llevó hasta la misma entrada del hueco en el árbol, el Mundo de las Maravillas estaba al otro lado ¡No hay tiempo, no hay tiempo! –decía nuestro conejo−a pesar de carecer de reloj, apresuramos el paso y seguimos los suyos. La puerta-vórtice que nos llevó hasta ese mundo de ensueño y antojos estaba tras un caleidoscópico cuadro de Angélica Kaak, cuadro que nos mostraba una realidad invertida que sin embargo estaba ante nuestro ojos, solo que no sabíamos mirar con los ojos adecuados, no con los de ver, sino con los de sentir.

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Al otro lado de ese multicolor e hipnótico espejo polarizado, nos encontramos con una serie de habitaciones que parecen estar unas dentro de las otras, y como Maravilladas Alicias, comíamos mi fotógrafo compañero y yo, pequeñas gominolas multicolores antes de entrar en cada una de ellas, esperando ajustar nuestro tamaño al del cuarto en si ¿O tal vez era que nos sentíamos pequeños” per se” al vernos rodeados de todos esos cuadros?
Siguiendo a nuestro especial conejito blanco nos adentramos en ese laberinto de habitaciones que subían, bajaban, se cruzaban y hasta parecían atravesarse unas a otras; nos sentíamos Teseos en busca de su minotauro, cuyo hilo de Ariadna nos llevaba directamente hacia él, huir era innecesario, una vez dentro del laberinto desaparecieron los miedos y una solo quería estar cada vez más dentro, como si hubiéramos empezado nuestro camino en un Pájaro de Paja y nuestro único destino fuera hallar el último Objeto Perdido de una estantería. Perderse aquí era un lujo, siempre terminaríamos encontrados por el Minotauro Pérez, aquel que yo creí bandolero torero, y cada vez estaba más segura de que era toro bravo. Y de los que embisten, no de los que se dejan poner banderillas, aunque más de una vez en su vida tuviera que haber aguantado más de una puya en su nuca.

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Sala tras sala, íbamos pasando por todo un mundo pleno de Informalismo, Pop Art, un mundo Abstracto de claras formas y vivos colores: Reyes de Tréboles, como Millares. Rey de Diamantes, Saura. De Corazones, Lucebert. Póker de Ases en las figuras de Zóbel, Chillida, Torner, Rueda ¡Que le corten la cabeza al descreimiento y al pasotismo! Cuenca no solo es única, es alta cuna del arte y baja cama para las pasiones, para que no se hagan daño las emociones si caen al darse la vuelta.
Pero el silencio se hizo claramente en varias ocasiones.

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Silenciado quedó mi compañero al entrar en la Sala de la Chimenea, esta parecía presidir el cuarto hasta que sus ojos hechos a ver en modo zoom, se posaron sobre dos ejemplares de la revista “L´Assiette au Beurre”, la voz de la modernidad de principios del siglo XX, del mismo principio del siglo, como Génesis de lo que vendría después ¿Cómo no imaginar a Juan Gris o Kupka envueltos entre papel, tinta y una tormenta de ideas geniales al ver estos dos ejemplares tras la vitrina?. Se ha de hacer el silencio para oír la voz de los que hablaron lejos porque no eran entendidos aquí.
Ambos nos quedamos mudos ante la magia oscura, que no negra, de Millares, cuya varita de mago iba envuelta en arpillera y papel; se volvieron susurros imperceptibles nuestras voces entre el color de las obras de Lucebert, colores por un lado,” monigotes” casi rupestres por otro, ambos, como universos paralelos en un mismo plano. Maravillosos.

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Voz queda para controlar, que no reprimir, la emoción de ver las publicaciones de Ruedo Ibérico, todas juntas, frente a nosotros, incitándonos a acercarnos y entrar al quite. Un chillido sordo al tener tan cerca sus Antojos, ya niños paridos y eternos, y jamás envejecidos, como personajes de comic, atemporales.

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Pero donde esta viajera perdió toda voz, de tanto gritar por dentro, fue la sala de los pequeños juguetes antiguos y diversos objetos de latón. Mi debilidad. Cajas de “Colacao” de los años cincuenta, de aceitunas, de aceite, de jabones, puede que hasta hubiera alguna de Maderas de Oriente ¡Motoristas de latón y coches de lata! juguetes, juguetes y juguetes de ayer, hoy y siempre. Me sentía niña de postguerra, de esas que jugaban con un aro y empujaban con una vara, las más afortunadas; de las que tenían una muñeca de cartón que un día de lluvia se quedó junto a un brocal de pozo y acabó hecha pasta mojada en el suelo, de las que soñaban que su mano y una vieja tela era la más hermosa de las Mariquita Pérez. Me sentía niña de anteayer, cuando ya hacía muchos “ayeres” que había dejado de ser niña de hoy.

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Y entonces enmudecí por completo.
Mirándome de frente desde un extremo de la sala, y de soslayo desde el otro extremo, estaba el Minotauro de este magnífico laberinto. Vestía sotana y alzacuellos, lucía cabellera blanca y miraba fijamente como intentando atravesarme. Pensé que estaba intentando leer mis pensamientos, o tal vez estaba centrado en el recordatorio de mandamientos incumplidos yotros por cumplir, de sacramentos respetados unos e irrespetuosos otros, de Glorias cantadas y glorias pasadas, Antonio Pérez me miraba profundamente sin que resultara sacrílega su osadía, aunque si algo impenitente su postura.

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−Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero si has de hacerlo, que sepas que creo en mí sobre todas las cosas, aunque no soy un descreído de todo lo demás. Entra pues si así lo deseas, aquí todo cabe, si ha sido primero encontrado−imaginaba yo que decían sus quietos labios. Y es que ya lo decía Don Vicente ¡Toledo, si utilizase usted su imaginación para cosas útiles en lugar de “tontás na más”…!
El final del laberinto se acercaba. Nuestro conejito blanco tenía razón cuando nos dijo que no había tiempo. No tiempo de reloj, ese aquí ni pasaba, ni contaba, ni se paraba. Aquí, todo era, es, atemporal, eterno, hasta etéreo en su conjunto cuando una cierra los ojos y olvida en qué momento y donde está. Aquí una se encuentra así misma aunque no se haya perdido jamás.

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Esperando atravesar de nuevo, el vórtice caleidoscópico por el que entramos a este Universo, me quedé estupefacta al encontrar que el hueco en el árbol que da a la salida era algo tan poco abstracto como un cuadro de San Jerónimo, obra de Abraham Jansenss. La salida del laberinto era tan opuesta a su entrada, que lejos de repelerse, nos atraían a nosotros como mariposas a la luz.
En la antigua iglesia de las monjas, hasta el mundo se tornaba pajitas de colores sobre nuestras cabezas, él era el farol que nos convertía en mariposas. El muñeco de Michelín nos dijo adiós desde la puerta y nos deseó buen regreso al mundo irreal, lo real, se quedaba tras los muros. Soñar es la verdad, despertar es tan solo una ensoñación.

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Nos costó despedirnos del Mundo de Antonio Pérez, de sus salas llenas de amigos compartiendo confidencias, tal vez alguna copa y algún que otro puro habano, amigos, casi familia, que cada autor allí representado era más que un artista, era parte de Antonio y este mundo suyo que tanto nos atrajo. Nos costó mucho decir adiós, por eso tan solo dijimos hasta pronto, con la promesa por parte de Mónica Muñoz de enseñarnos la biblioteca en otra ocasión, y la amenaza por nuestra parte de así hacerlo. Las Alicias dijeron hasta pronto a su conejo blanco. Hasta siempre al Museo.

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Cela nos llevó de viaje hasta la Alcarria, y Antonio Pérez salió un día de ella para viajar por el Tajo hasta instalarse en Cuenca, vía París. No podía ser de otra manera, París, bien valdría una misa, pero Cuenca, bien valía una…Fundación.
No nos dimos cuenta hasta subir de nuevo a la Plaza del Trabuco, y ver allí sentado a nuestro boticario, que le habíamos perdido desde hacía un par de horas. Le conté lo bonito que era el Museo, las obras que habíamos visto; le hablé del convento, de las monjas espectrales que levitaban cuadros, de juguetes y de arpilleras, de libros y revistas, de óleos y poesías. Pero Don Federico tan solo nos dijo:
–No puede un poeta, perturbar el sueño de otros, y no puede tampoco andar con pasos muertos, entre la obra poética viva−.

Y juntos seguimos en silencio, nuestra ruta por la Cuenca más bizarra y hermosa.

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“CANTO A LOS JUGUETES ROTOS DE MIS HIJOS”


“Os van modelando las manos de mis hijos casi torrencialmente,
como la lluvia da forma a las tierras
o el huracán transmuta los paisajes.
Acaso vuestro destino definitivo fuera este que nos sorprende
y tú naciste, bella muñeca rubia, para ser ciega.,
para enseñar el vacío de tu linda cabeza
con el simple mecanismo que abre los ojos;...


Yo no me cansaré nunca de cantar las manos devastadoras de mis hijos,
sus manos implacables que hacen cambiar el destino de las cosas
sujetándolas a un orden rígido y fugaz,
amándolas fieramente hasta su destrucción.`
recogiéndolas ya destruidas para glorifìcarlas,
rindiéndoles el apoteosis de su cariño vehemente
cuando los mayores las creíamos en definitiva ruina…”


( De “Los Míos”, Federico Muelas)


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Fotografías: Santiago Navascués Ladrón.

Texto: Yolanda T. Villar

martes, 20 de noviembre de 2012

“Curioso cuaderno de viaje de dos simpares viajeros” – 4ª Parada: Catedral de Santa María y San Julián de Cuenca

Fachada Principal
Fachada Principal

"Alzada en bella sinrazón altiva
-pedestal de crepúsculos soñados-,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?

¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva…”



Volver a Cuenca es como regresar al hogar. Esta medio manchega no puede evitar visitarla cada cierto tiempo, aunque a veces es demasiado el transcurrido entre visita y visita, volver a sus orígenes como los musulmanes viajan a la Meca aunque sea una vez en su vida. Afortunadamente, mis viajes a mi particular Meca, son más frecuentes.
Para una conquense de la Manchuela, poner sus pies y sus ojos, y hasta sus sueños en la sierra de Cuenca, es como haber llegado al Paraíso. Montañas, cerros, estrechas carreteras, sabinas, pinos, encinas, tejos, rocas tan grandes como aldeas…mirar al horizonte y divisar montañas, bajar la vista y ser consciente de que estás sobre una sierra, subir y subir sabiendo que cuanto más alto lo hagas, más hermosa será la vista.
Cuenca me da vida.

Capilla del Pilar
Capilla del Pilar

Reconozco que más que pasión, lo que esta ciudad despierta en mí, es auténtica devoción. Amo cada uno de sus rincones, sus calles, sus casas y sus gentes, adoro su aroma y su sabor; sabor de morteruelo, de migas ruleras, de ajo arriero y gachas, de caldereta de cordero y de gazpacho manchego. Pero Cuenca tiene algo que me engatusó de niña, que me sigue embelesando de adulta y que el día que me muera, besará mis labios como Cruz bendita: las Milhojas. Es mi primer pensamiento cuando emprendo el viaje, mis primeros pasos cuando llego a la ciudad, mi primer aroma y sabor con el que me recibe Cuenca, y el que siempre me trae a la memoria, mi primer recuerdo allá por los setenta, paseando con mis tías por la Calle Carretería…y me siento indescriptiblemente feliz.

Reja de la Capilla del Pilar
Reja de la Capilla del Pilar
Y fue esta pasión-devoción la que trajo mis pies y los de mi compañero de viaje hasta Cuenca. Si dicen que menos la hermosura todo se pega, la excitación por venir a esta ciudad, es una de esas cosas; si yo estaba ansiosa por venir de nuevo a Cuenca, ansiedad y curiosidad fueron lo que inyecté en vena, en piel y en huesos a Santiago, mi fiel compañero de caminos y locuras.
Y subir a lo más alto es lo primero que estos dos viajeros hicieron al llegar a la Ciudad a finales de agosto, estar bien alto para poder ver el casco antiguo casi a vista de águila y descender luego adoquín a adoquín, como si siguiésemos un camino de baldosas amarillas.

Capilla del Obispo o San Julián
Capilla del Obispo o San Julián
Y vimos Cuenca respirando profundamente desde la Plaza del Trabuco, que es como verla desde los ojos de la Historia. Frente a nosotros, altivo y grandioso, el Corcovado, el Pan de azúcar −¿milhojas? – conquense, el majestuoso Corazón de Jesús en el Cerro del Socorro. El que todo lo ve y a quien todos ven. Impresionante. Un poco más a la derecha, Las Casas Colgadas y el Puente de San Pablo, que cruza desafiante el río Huécar. Seguimos más a la derecha y nos quedamos sin aliento al ver los restos del castillo y la muralla, y cargados con el material fotográfico y trastos de escritura –que ya parecía esta redactora alumna de la ESO, mochila a la espalda− seguíamos bajando por la empinada calle de San Pedro sin poder dejar de girar sobre nosotros mismos, de tanta belleza como nos envuelve.

Púlpitos y Capilla Mayor
Púlpitos y Capilla Mayor
Llegamos a la Plaza Mayor a la hora acordada con nuestro guía, las 10 de la mañana. Con las prisas olvidé coger del coche la nota donde apunté sus datos, creía recordar que era un profesor, pero mi mala memoria me la jugó de nuevo y por no recordar no recordaba ni su nombre. Sin mi libreta y mis notas, estaba perdida. Santiago tampoco lo recordaba, así que mal de muchos…

Detalle de la reja de la Capilla Mayor
Detalle de la reja de la Capilla Mayor
Nada más llegar a la Plaza Mayor nos dirigimos a la escalinata de la Catedral, pues no se veía nadie más en ese momento por allí cerca que diera la impresión de estar esperándonos y menos con pinta de profesor, porque si, los profesores tiene pinta de serlo ¿no?. Y entonces dimos con Él.

Órgano de la Epístola
Órgano de la Epístola
Mirando atentamente el Campanario de la Catedral, un hombre de unos sesenta años de pelo cano y con algunas reminiscencias de lo que en su día fueron bellos ondas en el cabello, parecía esperar sin inquietud. Llevaba unas gafas cuadradas de pasta oscura y vestía de impecable traje gris a pesar del calor reinante, en su mano, unos cuadernos y una pluma. Este era sin duda nuestro profesor, y con esa seguridad me acerqué a él y me presenté.

Coro
Coro
Dijo –con una sonrisa clara y una voz fuerte pero suave− no ser profesor, sino boticario y “otras cosillas”, y aunque se licenció en derecho, no haber ejercido nunca. También nos dijo que se llamaba Federico (y yo seguía sin recordar el nombre de nuestro guía, así que Federico sería) y que no esperaba a nadie, que tras mucho tiempo había dejado su casa en el antiguo solar de la iglesia de Pantaleón y que tan solo miraba Las Campanas de Su Catedral, pero que no esperar no significaba no encontrarse con alguien que necesitara su compañía, así que decidió hacernos de guía si necesitábamos su ayuda.

Coro
Cantoría
No pudimos negarnos, algo me decía que no podíamos haber encontrado mejor guía y compañero de ruta para aquel caluroso día de agosto, y tras él, entramos en la primera Catedral Gótica de Castilla. La de Santa María y San Julián de Cuenca.

Sacristía Mayor
Sacristía Mayor

Siempre he sentido una enorme paz al entrar en una Catedral, me ocurre desde niña; creo que es una mezcla dada por el aroma a incienso, la fresca temperatura, el silencio adornado con el murmullo de los rezos y la majestuosidad cercana de sus muros, columnas, bóvedas y capillas.

Detalle de un armario de la Sacristía Mayor
Detalle de un armario de la Sacristía Mayor

Y en la Catedral de Cuenca no podía ser diferente. Lo primero que me llamó la atención nada más entrar fue esa serenidad que desprendían cada una de las piedras y losetas, y pronto nos hizo ver Don Federico (es que sin el Don era imposible dirigirse a él, era todo un pozo de sabiduría y cultura) el encanto de las capillas situadas a derecha e izquierda del cuerpo principal. Pero la que de verdad llamó mi atención es una preciosa capilla, con un balconcito, como si de la habitación de una doncella se tratara, desde el cual espera a su amado Jesús; el retablo de la Divina Pastora de las Almas, una joven virgen que parece posar para un retratista con una calavera en la mano. Capilla del Pilar, insistía Don Federico en que este era su verdadero nombre. Mi manía de rebautizar sin pila ni agua bendita, el nombre de las cosas.

Detalle del techo de la Sala Capitular
Detalle del techo de la Sala Capitular

Maravillados mi compañero de viaje y yo por la belleza sin parangón de este sacrosanto lugar, nos movíamos como niños aprendiendo a andar, torpes y embobados con todo aquello que nos rodeaba y llamaba poderosamente nuestra atención; entonces nuestros ojos se fijaron atónitos y maravillados en el espectacular Coro, que habíamos dejado a nuestra espalda al entrar a la Nave Central. Se alzaban mayestáticos los dos órganos de la Catedral, el de la Epístola y su gemelo, el del Evangelio, parecía que quisieran tocar el cielo con sus brazos y acariciar las nubes con sus notas; nos decía Don Federico que ambos habían sonado, no hacía mucho, al unísono, tras años de mudez por parte de uno de los gemelos, el del Evangelio.


Capilla Honda
Capilla Honda

Si cerrábamos los ojos y afinábamos el oído, nos decía nuestro guía boticario, aun podríamos oír las bellas notas que flotaban en el aire desde el 4 de Abril de 2010 en que ambos sonaron juntos como buenos gemelos, acariciados por las maestras manos de los organistas titulares de la Basílica de San Petronio de Bolonia. Y frente al Coro, de espaldas al Altar Mayor, sin que resultara irreverente ni sacrílego, comencé a tararear y mover mis pies escuchando esas notas barrocas y flotantes que bajaban de las bóvedas.

La última cena. Paso de Semana Santa
La última cena. Paso de Semana Santa

Y girando, mis ojos volvieron a fijarse devotos en el Altar Mayor, cuyos Púlpitos de mármol parecen escalones hacia la bóveda celestial ¡De puntillas subiría por ellos para tocar con la punta de mis dedos la luz polvorienta que filtran las vidrieras! maravillosas vidrieras que tamizan luces naranjas, moradas, azules, como el mar, como el alba, el atardecer, un ocaso cardenalicio; modernas vidrieras de Dechanet, Gerardo Rueda, Gustavo Torner y Bonifacio Alonso que contrastan con el barroquismo de su alrededor. A Don Federico se le iluminaba la cara al pronunciar estos nombres, y a nosotros la mirada al ser testigos de semejante y hermosa mezcolanza de estilos y siglos. Maravilloso.

Efeméride de la conquista de Cuenca por Alfonso IX
Efeméride de la conquista de Cuenca por Alfonso IX

Nos sentamos en uno de los bancos de madera frente a la Capilla Mayor –“Unum Ex Septem”− para ordenar y organizar las ideas; Santiago cámara en mano no dejaba de mirar el mundo a través de su objetivo, como quien mira con los ojos del alma, o los del Orgullo y Honra, como parecían mirar los de nuestro guía. Yo no podía dejar de mirar la capilla a través de esa luz que se deslizaba entre Rosetones y Vidrieras; tras una reja forjada en hierro, descolorido y dorado, se ilumina su costado izquierdo, el que descansa sobre una columna gótica, con la luz del mediodía conquense, débil, clara, dorada, como espiga en el campo. Alcé los ojos y me dejé envolver por una cúpula maravillosa, celestial, divina, iluminada como mirada por el sol, toda la capilla estaba envuelta por una luz fractal que le daba la apariencia de un campo de girasoles. Luz, vida, sol, belleza, un pequeño cofre del tesoro, enrejado y precioso.

Capilla de los Caballeros
Capilla de los Caballeros

Me quedé presa de mis propios pensamientos y no vi que tanto mi compañero como Don Federico habían desaparecido de mi vista. Pasé junto al Sepulcro de los Montemayor, donde descansaban en piedra dos pétreas figuras, lecho final de piedra vieja, tallada, desconchada, arcaica. Busqué con la mirada a mis dos compañeros, y solo encontré sobre mi cabeza bóvedas antaño pintadas y hoy, descoloridas como vieja gloria cuyo maquillaje resbala entre los surcos de su piel; tanto unas como otra, nos enseñan los restos de un naufragio, adivinándose aún lo que fue un bello navío.

Detalle superior de la Capilla de los Caballeros
Detalle superior de la Capilla de los Caballeros

En la Capilla Vieja de San Julián, encontré oro y grana y un altar pulcro de fino encaje ¿no es como un relicario, un camafeo tal vez? es preciosa. Y buscando todavía a mis acompañantes, llegué hasta la Capilla de Nuestra Señora del Sagrario, y como no podía ser de otra manera, envuelta en oleos desteñidos, pero bellos aún. La cúpula ejercía de corona, cubierta de tonos pastel, antiguos, bizarros incluso, y Ella, pequeña, menuda, dorada. Y tuve que respirar profundamente antes de seguir adelante, mirando al suelo para no pisar irrespetuosa las losas ilustres bajo mis pies, que su descanso siga siendo eterno, quieto y sin perturbación alguna por mi parte.

Detalle de la reja lateral de la Capilla Mayor 1
Detalle de la reja lateral de la Capilla Mayor 1

Encontré a mis compañeros en la Sacristía Mayor, y no era de extrañar que así fuera pues la belleza del lugar era impresionante, parecía hipnotizar a todo aquel que entraba por sus puertas y uno tras otro, íbamos quedándonos absortos y boquiabiertos mirando a nuestro alrededor. En la misma entrada de la Sacristía pudo esta viajera descansar sobre piedra y observar por la ventana la montaña, el cielo, los tejados de un viejo patio, el aroma de una ciudad antiquísima que huele a leyendas y serranía. En una fuente de mármol con tres grifos llorones, calmaba la sed de las yemas de sus dedos Don Federico, el cual parecía ausente y lejano en ese preciso momento, y me asombró sobremanera oír al acercarme a su lado, a mi guía canturrear casi en susurros…



“Tres peregrinos vienen
tras una estrella;
duérmete, niño mío,
si quieres verla.
Tres marineros vienen
tras un lucero;
duérmete, niño mío,
si quieres verlo.
Duérmete, niño mío,
mi niño, duerme...
(Tras una estrella venían
por el desierto los Reyes...)”


−Suenan cantarines los Villancicos de mi Catedral –me dijo al ver mi cara de asombro. Y recordé de pronto algo que tenía olvidado, y que al mirarle a los ojos por primera vez en aquella mañana volvió a mi mente. A Cuenca se la lleva en Volandas. Y unas cosquillas tibias recorrieron mi espalda.

Detalle de la reja lateral de la Capilla Mayor 2
Detalle de la reja lateral de la Capilla Mayor 2

Me cogió del brazo Don Federico, más como el que acompaña y no como el que se apoya, y me hizo entrar al fin en la Sacristía Mayor. Armarios tallados, arcos de oro y celeste, bóvedas que cruzan escudos dorados, granas y azul cielo, espejos que reflejan la luz de las altas ventanas; dos brazos con las manos abiertas descansan sobre sendas urnas, brazo izquierdo, brazo derecho ¿ambos serían de un mismo cuerpo?. Giré mi cabeza y un niño Jesús sobre una calavera, hacía descansar su pie derecho.

Triforio
Triforio

Y en el centro, en una augusta mesa de mármol, espinado, sangrante y hermoso, un busto de Jesús, el Cristo, mirándonos con su corazón ensangrentado aún teniendo sus ojos fijos y clamando al cielo. Cayeron rendidos estos viajeros, con el corazón henchido y los ojos llorosos ante un altar magnífico; a los laterales, dos enormes armarios de madera tallada, cuyas puertas en arco, parecían acompañar nuestro postrar de rodilla, y clamar ellos al cielo ¡Hosanna! de parte de “Adán y Eva” y “La Anunciación”.

Seguimos por el ábside y llegamos hasta la Sala Capitular , Don Federico me decía que a pesar de que hoy se encontraba medio vacía, había que mirarla con los ojos de la Historia e imaginarla repleta de miembros del clero, haciendo repaso o capítulo de las normas de la congregación, de las necesidades, quejas o peticiones. Y no fue difícil conseguirlo. Pues encontré a 12 miembros aún dispuestos alrededor de su “maestro”, firmes, serios, entregados, expectantes y eternos: Matías, Simón, Bartolomé, Santiago el menor, Juan, Andrés, Pedro, Pablo, Santiago el Mayor, Tomás, Felipe, Mateo y Judas Tadeo, y al frente de todos ellos, Jesús. Esta sala jamás podría estar vacía.

Detalle de las vidrieras y bóveda de crucería
Detalle de las vidrieras y bóveda de crucería

Siguiendo por el ábside nos encontramos con otro pequeño gran tesoro, La Capilla Honda; tras bajar unas escaleras entramos en una preciosa sala con artesonado de madera, tenía un pequeño y precioso altar, recogido, modesto, íntimo; bancos de madera a los lados para los miembros de la iglesia, madera brillante y pulcra por el paso de los años y el rozar de los dedos, caricias de siglos. Me atrajo ante todo su pequeño órgano de tubos plateados, trompetería modesta con armazón de oro y verde, tan pequeño comparado con los dos órganos principales del Coro, pero tan bello en su pequeñez…Don Federico reclamó nuestra atención hacia una pequeña campana a la izquierda de la entrada − ¡Ay, Las Campanas de mi Catedral!, decía−, la que llamaba al rezo y la oración, y mis ojos se fijaron en una pequeña pila que llamaba a la limpieza del alma. Pequeñas cosas para engrandecer más todavía a la Catedral.

Rosetón sobre el Arco de Jamete
Rosetón sobre el Arco de Jamete

Abandonando ya el ábside y encaminándonos por la nave lateral a la derecha de la Capilla Honda, caminábamos bajo la senda que marcaba la luz de las vidrieras, encontrándonos una tras otra, preciosas Capillas, algunas chicas, otras más grandes, pero todas preciosas: La del Socorro, de Santiago, de Covarrubias, de Los Caballeros, Muñoz, y hasta los sepulcros de la familia Albornoz. Esqueletos guardan y vigilan sus puertas, almas tras los huesos que parecen danzar y volar por encima de nuestras cabezas, baile de esqueletos que anuncian el paso a otra vida y que nos recuerdan que nada es para siempre. Alcé la mirada, intentado ver la puerta por la que los esqueletos entraban en la otra morada, levanté mi cabeza tan alto como pude, más ver la puerta me fue imposible ¡Así de alta había de estar!; pero en este alzar de mirada repararon mis ojos en dos enormes y vetustos relojes de madera, hoy tan parados como el tiempo histórico en este noble monumento, y bajo ellos, el Arco de Jamete, un precioso arco de enormes proporciones y tallado espectacular que nos llevaba directos al Claustro; vi una fuente en el centro, al lado un olivo, rodeado de arcos y suelo de piedra, pequeñas piedras, y no pude evitar fijarme en tanta cantidad de piedra por tantas partes, grandes piedras que albergaban otras más pequeñas, como una alegoría de la Catedral, Un gran Alma albergando miles más.

Claustro
Claustro

Al llegar al final de la nave lateral, cerca del Triforio, nos volvimos a mirar hacia atrás los dos viajeros y el guía improvisado, viendo todas esas capillas a ambos lados del pasillo, y esta que les cuenta no pudo evitar ver en cada una de las capillas, un huequecito dentro de un inmenso corazón. Pero debíamos marchar y continuar nuestro camino, Cuenca aún tenía mucho que enseñarnos y mostrarnos, y no habíamos hecho más que empezar. En el triforio, sabiendo que aquel era el adiós a la Catedral, miramos con detención a nuestro alrededor, intentando grabar en la mente lo que ya llevábamos grabado en el corazón. Santiago guardaba silencio, escribía yo en mi cuaderno y nuevamente canturreó Don Federico:


“Corderito blanco
que durmiendo estás,
¡déjate, Bien mío,
déjate arrullar! 
Si te duermes, Niño mío,
yo te quiero despertar,
pues vinieron desde Oriente
los tres Reyes a adorar. 
No te duermas, mi Vida,
no te duermas, mi Cielo.
A ro, ro, que te arrullo yo”


Y aún sin oír las campanas, sonaban los Villancicos de mi Catedral.

De nuevo en la fachada principal, nos recordaba nuestro peculiar boticario como colofón a nuestra visita, la iconografía de la Catedral, de tipo mitológico, fantástico, animal ¿Qué pensarían las gentes de aquellos tiempos al ver reflejados en su fachada, animales que para ellos eran desconocidos? ¿magia, fantasía, herejía tal vez?. Y pensando en aquellas personas, situadas frente a la fachada, como estábamos nosotros, miré dichas figuras e imaginé al Armadillo, al Pez Globo, a la Tortuga, atizar la imaginación y los sueños de aquellas gentes. A mí, por aquel entonces, me hubieran hecho volar sin alas.

Debíamos despedirnos de Don Federico, la visita a la Catedral había llegado a su fin, pero costaba tanto hacerlo. De su mano y sus palabras nada era como parecía ser, y aún quedaba
mucho por ver como para hacerlo solos. Le pregunté si querría acompañarnos a nuestra próxima visita, sería todo un honor para nosotros, a lo que él tan solo contestó:
−Iba a esperar a ver si Llegaron las Siete Muchachas, o tal vez la Abuelita Charleston, pero como uno en el fondo es Perro Golfo, nunca dice que no a hacer camino, pues tal vez este sea el Camino de la Verdad. Vayamos pues juntos, mis queridos amigos.

Y tomamos de nuevo rumbo a la Plaza del Trabuco, subiendo la empinada calle de San Pedro. Cuenca, esta vez era ella, la que nos llevaba en volandas.



“…Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan,mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.
¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca cierta y soñada, en cielo y río.”

(“Cuenca en Volandas”, de Don Federico Muelas)


©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS




Fotografías: Santiago Navascués Ladrón.

Texto: Yolanda T. Villar